El salto

Si llego a saber que ibas a matarme tan lentamente,

hubiese saltado por la ventana la primera noche.

 

Aunque aún no me habían crecido las alas,

ni las tenía como ahora marchitas.

 

Habría saltado por la ventana,

huido de aquel cuarto,

de tus brazos, tu sonrisa

y ese pelo azabache que olía a romero.

 

Habría perdido,

entonces,

los meses que pasé deambulando por tu habitación de madrugada,

tus manos que arropaban miedos,

y esa boca que tiritaba mi nombre…

 

Y los lunares, claro.

Aquellos lunares que yo seguía por tu espalda,

más seguro que nunca de que no importaba el camino

ni quería encontrarme.

 

También como bailabas por los pasillos de casa,

esquivando con agilidad tus fantasmas,

espantando con gracia a los míos.

 

Sí,

habría perdido muchas cosas,

pero igualmente hubiese saltado.

 

Que los recuerdos, ahora,

son demasiado amargos para tragarlos,

a cucharadas,

cada mañana.

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El ancla

Había un ancla en el fondo del mar.

Yo mismo la solté de mis tobillos, años atrás.

Cada noche su brillo parecía llamarme desde las profundidades, por lo que finalmente decidí sumergirme en aquellas frías aguas para recuperarla.

Bucee sin descanso, pero por más que lo intentaba no lograba encontrarla. Sin querer darme por vencido, continué bajando cada vez más y más, hasta que finalmente me supe sin fuerzas para regresar a la superficie.
Antes de ahogarme quise mirar hacia arriba una última vez.

Fue entonces cuando comprendí que el ancla ya no existía y que lo que yo perseguía no era sino el reflejo de una estrella que brillaba en el fondo de un oscuro mar.

Pongamos que es verdad. Digamos que todo ocurrió realmente.

Entonces:

Judas intentó sacar algún beneficio económico de la situación; eran tiempos difíciles y de algo había que comer.

Caifás hizo lo que creyó mejor para proteger a su pueblo, subyugado bajo un poder extranjero y al que una revuelta solo traería más represión.

Pilatos cumplió escrupulosamente con su cometido; la ley es la misma para todos y hay que respetarla.

Pedro tuvo miedo a morir e intentó salvarse; pocos dan la vida por una causa perdida.

Finalmente, todos y cada uno de los que se reunieron bajo la cruz asistieron al espectáculo sin mover un solo dedo por detener aquella barbarie. Los que se decían sus seguidores, discípulos, amigos e incluso su familia misma, nadie hizo nada por intentar salvarle.

Lo fácil vino después. Crear una leyenda en torno a su figura, erigirse como los únicos y legítimos herederos y perseguir a los disidentes.

Su ambición fue tal que les llevó al límite de no respetar ni su propia muerte.

Resucitado, dijeron.

Ni siquiera le permitieron morir en paz.

Lo único que todo ser humano anhela tras tanto sufrimiento, a él se lo negaron.

Solo quería dejar atrás este mundo, cansado de luchar, de sufrir, de llorar.

Pero los que lo abandonaron en vida, se apoderaron de su muerte.

¡Gloria!

“Yo no estoy hecha para el amor”.

Lo soltó así, sin más, como quien no le da ninguna importancia. Las palabras eran de una buena amiga mía, quien me las dijo mientras tomábamos esa absurda cerveza que uno se bebe después del café de las cuatro, supongo que para contrarrestar el efecto de la cafeína y no estar demasiado despierto.

Tuve que recolocarme en el banco en el que estaba, ya que me encontraba sentado en una posición un tanto precaria y del susto casi me caigo al suelo.

Intenté que me explicase cómo iba eso y comenzó su argumentación, perdiéndose entre recuerdos, anécdotas, situaciones que nunca debieron ocurrir y otras tantas que ojalá, decía, hubiesen sido diferentes. En resumidas cuentas, que no, que no estaba hecha para el amor. Había chocado ya con demasiadas decepciones, con demasiadas promesas que se evaporan entre las sábanas tras el primer polvo rápido.

Todo aquello había terminado para ella. A los 27 años tenía tomada la firme decisión de no dar nuevas oportunidades, de no enamorarse nunca más. A no ser, claro está, que apareciese de repente el amor de su vida, quien podría sin ningún tipo de problema esquivar todas las defensas que había ido construyendo a su alrededor.

La firmeza de su postura me dejó lleno de dudas y preguntas.

¿Cuántas veces tienen que marcharse dando un portazo para que finalmente eches la llave? ¿Cuántas han tratado de entrar a la fuerza por la ventana para que decidas dejarla cerrada?

Pero a fin de cuentas no era yo el más indicado para darle el sermón. A mí, a quien han empujado fuera del camino en algunas ocasiones y otras simplemente me han pedido amablemente que me apartase a un lado. A quien le han prometido y a quien le han obligado a prometer.

Desde luego, no le iba a llevar la contraria, por contraproducente que me pareciese su decisión.

Le hubiese advertido, eso sí, que debe de haber aproximadamente un centenar de personas en el mundo que podrían convertirse en el amor de tu vida, por cursi que eso parezca sonar, y que no los buscas ni ellos te encuentran, simplemente están ahí, girando alrededor de tu mundo.

Al final, solo depende de cómo de altas hayas levantado tus propias defensas y de cuánto estés dispuesto a arriesgar escalando muros ajenos.

La tormenta

La tormenta siempre está ahí. Aunque no puedas verla.

Aunque no llegues a sentirla.

Es por eso que te acompaña esa sensación de peligro allá donde vayas. El olor a tierra mojada incrustado en tu cerebro. La razón de que andes con prisa por la calle, como si intentases huir de algo. Lo que te mantiene alerta y provoca que te sobresaltes cada vez que crees escuchar algo parecido al ruido de un trueno en tu cabeza.

Pero amigo, da igual hacia donde vayas o lo preparado que creas estar. No importa lo rápido que corras. No importa a donde vayas. Esa tormenta acabará alcanzándote y lo sabes.

Así que deja de huir y tómate tú tiempo. Párate a observar como todos tratan de evitarla sin éxito.

Solo es agua.

Camina lento. Nada podrá detenerte.

Punto de fuga

“Cuando se cierra una puerta se abre una ventana”.

Escuché esa frase tantas veces que llegué iluso a creerla.

No hay puertas que se cierren ni ventanas que se abran. A veces te tocará quedarte fuera y otras dentro con las ganas.

En ocasiones, las menos, podrás entrar y salir a tu propio antojo. Sé sabio, no las desperdicies, son un auténtico tesoro.

No basta con desearlo. No todo será fácil ni tiene porqué tener un lado positivo. Hay tantas cosas que escapan a tu control que es imposible elegir tu propio camino.

Lo que nadie jamás podrá quitarte es la actitud que tomes ante la vida. Cómo enfrentarte a las alegrías y a los problemas que te consuman.

Cualquier momento puede ser bueno si logras encontrar tu propio punto de fuga.