Entre la multitud

¿Cuántos quedaremos

de aquel grupo de dos mil siete?

 

De cuando descubríamos

a trompicones lo que era

la amistad, la traición.

 

Con torpes caricias

a buscar la aceptación

del otro, el amor.

 

¿Acaso no somos los mismos

que ahora nos cruzamos,

de vez en cuando

(vergüenza)

por estas calles grises ya de otoño?

 

Y agachamos la mirada

sin querer reconocernos,

sin querer reconocer

que seguimos igual

de perdidos

ahora,

entonces.

[Pareciera que fue ayer]

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Ten miedo, pero no seas cobarde

No es de cobardes huir de aquello que nos da miedo.

Es el instinto de supervivencia el que hace que nos alejemos con todas nuestras fuerzas de lo que nos daña.

 

Por eso siempre buscamos a personas y lugares que nos hagan sentir a salvo. Con quienes olvidemos que somos vulnerables. Donde no tengamos miedo a ser atacados.

 

Sin embargo, otras veces huimos por motivos bien distintos.

 

Aunque nos quieran, pensamos que no durará eternamente y que en el futuro acabaremos sufriendo, por eso hacemos lo imposible por protegernos.

Tratamos de aislarnos de todo cuanto nos rodea. Intentando escapare de nuestros sentimientos, de los que nos conocen e incluso de nosotros mismos.

 

Cerramos nuestro corazón. Nos convencemos de que es lo mejor, de que así nada podrá dañarnos.

 

Una carrera donde somos el único participante. En la que no hay ganadores, solo vencidos.

 

Pero eso no es tener miedo, es ser cobarde.

Pobre solución.

Difícil salvación.

Casi siete meses después

¿Y si al final querer(se)

también es olvidar?

 

Porque tú hace tiempo

que dejaste de ser quien fuiste

y yo

tampoco soy ya el que era.

 

Aunque ambos fuimos,

en aquel lugar y preci(o)so

momento, todo y nada.

Alfa y Omega.

 

Pero fuera de esas coordenadas

ya no somos lo mismo,

y no me malinterpretes, amor,

no es que tú ya no seas

sino que empiezo a comprender

que todo cambió.

 

Y aunque cuando te pienso

aún me duela,

sé que es más un recuerdo

de lo que fue

que lo que realmente era.

Huída

Y no será porque no lo intenté,

créeme.

 

Una vez por la mañana, 

dos o tres cada tarde

y algunas cuantas más antes de ir a dormir.

Pero fue del todo imposible.

 

Una frase, una imagen o un gesto

que me recordasen a ti eran suficientes

para que todo, de nuevo, volviese a desmoronarse.

 

Traté de huir.

Me moví por otros lugares,

hablé con otras personas e incluso llegué a encerrarme en mí mismo.

Hice todo lo posible por salir del bucle.

 

Y sin embargo,

siempre

seguías ahí esperándome.

 

Habitas dentro de mí

tardé tiempo en comprenderlo

por eso no importa dónde vaya.

 

Una fotografía de lo que eras [e imagino sigues siendo]

con autonomía para moverse a su antojo por mi interior.

 

Y me miras,

claro que me miras.

 

Es lo que quiero que hagas

aunque eso siga dejándome inútil y en los huesos.

 

No puedo decir basta.

¡Quédate un poco más!

 

Te lo pido por favor…

El salto

Si llego a saber que ibas a matarme tan lentamente,

hubiese saltado por la ventana la primera noche.

 

Aunque aún no me habían crecido las alas,

ni las tenía como ahora marchitas.

 

Habría saltado por la ventana,

huido de aquel cuarto,

de tus brazos, tu sonrisa

y ese pelo azabache que olía a romero.

 

Habría perdido,

entonces,

los meses que pasé deambulando por tu habitación de madrugada,

tus manos que arropaban miedos,

y esa boca que tiritaba mi nombre…

 

Y los lunares, claro.

Aquellos lunares que yo seguía por tu espalda,

más seguro que nunca de que no importaba el camino

ni quería encontrarme.

 

También como bailabas por los pasillos de casa,

esquivando con agilidad tus fantasmas,

espantando con gracia a los míos.

 

Sí,

habría perdido muchas cosas,

pero igualmente hubiese saltado.

 

Que los recuerdos, ahora,

son demasiado amargos para tragarlos,

a cucharadas,

cada mañana.